La tregua

sept 6, 2026 13:35108 visitas

Hoy recibo el libro con el que espero llegar a jugar bien al ajedrez, después de leerlo y estudiarlo con detenimiento, claro está. Y precisamente hoy, es el día en que su autor, Miguel Illescas, en una entrevista de podcast del año 2024, nos hace saber que abandonó la alta competición porque su cuerpo no aguantaba el estrés provocado por el juego después de quince años de dedicación en cuerpo y alma. Según cuenta, a partir de cierto momento, el ajedrez le empezó a pasar factura. Poco a poco comprendió que no podía sostener ese nivel de exigencia y se vio obligado a reorientar su carrera hacia el entrenamiento y la divulgación.

Supongo que es esa la primera lección que deberían enseñar en cualquier escuela de ajedrez. La excelencia que se prodiga en la mayor parte de empresas e instituciones, lleva veneno. Y el veneno, mata. Antes de jugar al ajedrez, planifique el momento de su retirada, porque quien está dispuesto a ganar a cualquier precio, corre el riesgo de perderse en sus ambiciones. El ajedrez tiene la mala costumbre de disfrazarse de diversión. Desde fuera parece una actividad reposada: dos personas sentadas frente a un tablero moviendo piezas de madera. Pero, en la élite, es un deporte de resistencia. Horas de concentración absoluta, preparación obsesiva de aperturas, estudio constante de rivales, presión competitiva y un desgaste psicológico que no sale en las retransmisiones. La partida termina cuando cae el rey. La competición -en cambio- continúa dentro de su cabeza.

Resulta curioso que una disciplina cuyo fin es tomar las mejores decisiones posibles, acabe castigando nuestra capacidad para decidir. El mismo cálculo que sirve para encontrar la mejor jugada puede convertirse en una cárcel, porque siempre existe una variante más, una preparación adicional, otro torneo... y la retirada suena a rey caído. Una caída como remedio para una actividad que no da tregua. Una tregua que se niegan unos a otros. Quizá por eso el ajedrez debería plantearse más como un arte de pensamiento que como un deporte de competición. Si alguna vez llego a jugar razonablemente bien, me gustaría conservar la capacidad de cerrar el tablero con dignidad, como quien gana por haber sabido abandonar a tiempo.

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