Conózcame
José Vicente del Valle Fayos
Hubiera podido dedicarme a restaurar órganos barrocos o a estudiar el comportamiento emocional de las farolas. Cualquier profesión razonablemente inútil habría sido una opción perfectamente respetable. Pero elegí la informática, que consiste en pasar años explicándole a una máquina exactamente lo que debe hacer y descubrir -con admirable puntualidad- que ha entendido otra cosa. Más tarde, después de veinticinco años de vida académica, varios títulos y un doctorado Cum Laude, decidí volver a estudiar. Uno puede seguir una digna trayectoria y todavía sospechar que quedan cosas interesantes al otro lado de la pantalla.
Pero la vida interrumpió mis planes y en octubre de 2026 negocié una tregua. No por haber perdido la curiosidad, sino por la necesidad de abordar una tarea más urgente: cuidarme. Mi cuerpo ha presentado una lista de incidencias que no admiten el cierre con un "ya lo miraré después". Hace poco pasé por la intervención de dos tumores, uno de ellos en contacto con el pulmón y el corazón. Convivo también con problemas anímicos, cansancio persistente y un intenso dolor muscular.
No es la clase de situación que se arregla con una agenda nueva, una frase motivacional o la firme decisión de levantarme a las cinco de la madrugada. Tampoco necesito que nadie la convierta en una fábula sobre la superación personal. A veces, el logro no consiste en conquistar el mundo, sino en dejar de exigirle al cuerpo que finja que todo va estupendamente. Por eso he aparcado también mis estudios de piano en Open Studio. "Aparcado", que no "abandonado". El jazz seguirá ahí. Y cuando pueda, volveré a explorarlo con el método de Tim Richards. Porque improvisar sigue pareciéndome una actividad de lo más razonable: aprendo reglas con una mano y las negocio con otra.

José Vicente del Valle Fayos. Elaboración propia (fotografía tomada en el año 2014).
En mi versión actual, el plan da margen para respirar. Acercarme al ajedrez con el libro de Miguel Illescas para comprobar si el caballo sigue moviéndose en forma de L cuando tengo otras cosas en la cabeza. Leer. Construir Bitácora. Así es. Bitácora empezó como un diario y con el tiempo fue adquiriendo -con la discreción de una planta trepadora- una arquitectura más ambiciosa: renderizado híbrido, navegación dinámica, búsqueda instantánea, lectura en voz alta, contenido multimedia, comentarios, sindicación RSS, autenticación JWT, simulación de jugadas de ajedrez y una colección de detalles que nadie había pedido con urgencia. No eran imprescindibles. El proyecto continúa: no como monumento a la productividad, sino como un lugar propio donde las palabras, el código y las obsesiones pueden convivir sin pedir permiso.
Mi currículum, por lo demás, no es precisamente una lista redactada por alguien que se aburre. Estudié Ingeniería en Electrónica Industrial e Ingeniería en Organización Industrial. Hice un Máster en Dirección y Gestión de Proyectos y otro en Aplicaciones Multimedia para Internet. En 2015 obtuve un doctorado Cum Laude por la Universitat Politècnica de València investigando técnicas de Captura Multiespectral de Color. Publiqué trabajos sobre el efecto Bezold. En otras palabras: he dedicado una parte significativa de mi vida a averiguar cómo vemos el color y cómo podemos conseguir que una máquina lo capture sin arrogancia.
He aprendido que el rigor es útil, que la elegancia importa y que todo sistema, tarde o temprano, termina encontrándose con la excepción que nadie incluyó en el diseño inicial. También he aprendido que, a veces, el plan más inteligente es cambiar de plan. Ahora hay otras tareas en la agenda, menos prestigiosas que un doctorado: quitar el polvo, fregar, hacer las camas, poner la mesa, ir a comprar y echar una mano en la cocina. La intendencia doméstica, ese sistema distribuido en el que las responsabilidades se reparten sin documentación y los platos -aunque cueste de creer- se lavan por consenso. ¿Por qué? Porque quiero compartir mi tiempo con Mamá. No hay aplausos, certificados, ni una defensa pública evaluada por un tribunal de tesis. Apenas un hogar y la presencia de alguien que importa. Para mí es suficiente.
Camino a diario. Al menos, una hora y media. Intento dormir bien. Hay días mejores y días que parecen escritos por un comité de errores. No todo se resuelve, no todo se entiende y no todo mejora al ritmo que uno desearía. Pero así son las cosas. La vida no es optimizable: si lo fuera, alguien habría publicado ya una versión estable. En cualquier caso, lo importante es que estamos aquí. No con la grandilocuencia de quien asegura que nada puede detenerle, sino con la modesta obstinación de saber que luchar también significa detenerse a tiempo. Significa aceptar ayuda. Significa levantarse, hacer la cama, salir a caminar y leer dos páginas. El mundo puede esperar.
Por mi parte, continúo creyendo que la curiosidad importa, que un buen sistema debería funcionar incluso cuando su autor está cansado y que las ideas merecen espacio para crecer. Como las personas. Así que no, no he dejado de estudiar: he dejado de ocuparme a ritmo de institución. No he renunciado al jazz: le he quitado la fecha límite. No he abandonado Bitácora: la estoy construyendo a una velocidad compatible con mi supervivencia. Y no estoy fingiendo que todo va bien. Estoy intentando que algunas cosas vayan un poco mejor.
Lo demás sigue en beta. Gracias.
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