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José Vicente del Valle Fayos

Hubiera podido dedicarse a restaurar órganos barrocos o a estudiar el comportamiento emocional de las farolas. Cualquier profesión razonablemente inútil habría sido una opción perfectamente respetable. Pero decidió estudiar Ingeniería Informática, que consiste, esencialmente, en discutir durante años con una máquina que solo conoce dos respuestas y aun así consigue llevarte siempre la contraria. Mientras otras personas aprendían que el mundo era un lugar complejo, él descubrió algo peor: que era computable. Desde entonces no ha dejado de perseguir esa sospecha incómoda de que toda realidad esconde una estructura de datos esperando a ser mal implementada.

Como si aquello no bastara, estudió piano jazz bajo la paciente tutela de Peter Martin y Adam Maness. Al parecer, llegó a la conclusión de que comprender cómo piensan las máquinas era un desafío insuficiente y había llegado el momento de enfrentarse a algo mucho menos predecible: la música. Descubrió que improvisar no consiste en tocar lo que a uno le da la gana, sino exactamente lo contrario: aprender tantas reglas que, llegado el momento, puedas romperlas con educación. Una forma particularmente refinada de masoquismo intelectual. Peter Martin y Adam Maness llevan años intentando convencerle de que el jazz consiste en escuchar. Él, de momento, sigue opinando que consiste en equivocarse con tal serenidad que los demás crean que era deliberado.

José Vicente del Valle Fayos

José Vicente del Valle Fayos. Elaboración propia (fotografía tomada en el año 2014).

Después llegaron los másteres. Y luego el doctorado. No por hacer carrera ni por añadir otra línea al currículo. Sino porque nunca consiguió distinguir entre resolver un problema y fabricar otro más interesante. Aprendió que un grafo no es un dibujo, sino una forma elegante de demostrar que todo acaba relacionado. Que el compilador es un profesor de gramática con mala leche. Que los autómatas aceptan más lenguajes que las personas. Que la complejidad siempre aparece cuando alguien dice "esto debería ser sencillo". Que la inteligencia artificial es extraordinaria hasta que preguntas algo importante. Y que los sistemas distribuidos son la prueba científica de que la confianza está sobrevalorada.

También frecuentó la Ingeniería del Conocimiento, donde un grupo de optimistas intenta explicar a las máquinas cómo está organizado el universo utilizando ontologías, taxonomías y otras formas socialmente aceptables de poner etiquetas a las etiquetas. Es un trabajo parecido al de hacer inventario del océano con una libreta. Inútil, desproporcionado y -precisamente por eso- irresistible. Pero donde realmente encontró su sitio fue construyendo software. Porque programar no consiste en escribir código. Programar es negociar con un desconocido, que serás tú mismo dentro de seis meses preguntándote qué clase de iluminado escribió semejante disparate. Requisitos que envejecen antes que el café. Patrones de diseño que prometen orden sin garantizar el buen gusto. Interacciones empeñadas en recordar que el mayor cuello de botella de cualquier sistema eres tú, etc.

Y luego está el software libre. Esa extravagante costumbre de regalar miles de horas de trabajo a desconocidos con la esperanza de que alguno encuentre un error, proponga una mejora o, al menos, no rompa demasiado las cosas. De ahí nació Bitácora: un proyecto escrito en TypeScript y Go que empezó siendo un diario y terminó convirtiéndose en una colección cuidadosamente organizada de obsesiones: markdown, renderizado híbrido, búsqueda instantánea, síntesis de voz, autenticación JWT, sindicación RSS, ajedrez, donaciones, multimedia, etc. No porque fuera necesario. Sino porque existe esa peligrosa tentación de comprobar hasta dónde puede llegar una idea cuando se la deja tranquila el tiempo suficiente.

Y así sigue: habitando ese territorio donde las matemáticas prometen orden, las personas introducen excepciones y el universo despliega un admirable talento para ignorar ambos esfuerzos. Cree que la elegancia importa. Que un buen sistema debería seguir funcionando cuando tú no estás. Que el mejor código es el que parece inevitable. Y que la excelencia no consiste en acertar, sino en equivocarse con argumentos cada vez mejores. Hay quien lo llama progreso, pero usted no haga caso. Solo se trata de una beta.

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